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Consecuencias del dolor crónico en la infancia y la adolescencia

  • Foto del escritor: Emmanuel Ramos
    Emmanuel Ramos
  • 8 ago 2019
  • 3 Min. de lectura

Introducción

El dolor es un fenómeno multidimensional, con componentes sensoriales, fisiológicos, cognitivos, afectivos, conductuales y espirituales . La International Association for the Study of Pain define el dolor como una experiencia sensorial y emocional desagradable que se relaciona con un daño tisular real o potencial, o que se describe en términos de ese daño. El dolor crónico tiene como particularidad su duración, superior a 3 meses, y su carácter continuo o intermitente más de 5 días a la semana. La prevalencia del dolor crónico en la infancia y la adolescencia se sitúa entre el 11% y el 40% en los países desarrollados, y a pesar de los altos costes que genera, los estudios muestran que se encuentra infradiagnosticado.

Las investigaciones ponen de manifiesto que existen diversos factores de riesgo y factores protectores en el dolor crónico en la infancia y la adolescencia. Padecer estrés psicosocial, miedo al dolor y catastrofismo, haber sufrido abuso infantil, abandono, así como situaciones de divorcio o muerte de alguno de los progenitores, pueden actuar como factores de riesgo para el desarrollo de dolor crónico . Por el contrario, actúan como factores protectores la resiliencia o capacidad de adaptación y el optimismo. Brattberg encontró que el 59% de las mujeres y el 33% de los hombres que informaron haber padecido dolor crónico en la infancia lo padecían también en la edad adulta.

Los/las niños/as y adolescentes que sufren dolor crónico son vulnerables a consecuencias adversas, como incapacidad para participar en actividades físicas, trastornos del sueño y disminución de su calidad de vida percibida. Estas consecuencias podrían mantenerse y acompañar al individuo a lo largo de su vida. Al igual que ocurre en las personas adultas, el dolor crónico infantil requiere un tratamiento integral y una mirada que apueste por la colaboración de diversas disciplinas. Es preciso abordarlo como una entidad en sí misma, evaluándolo en el contexto familiar, social y cultural en que la persona se desarrolla.

Por tanto, ante la creciente evidencia que analiza la presencia de dolor crónico en la infancia y la adolescencia, así como su influencia en diferentes esferas, se hace necesaria la realización de una revisión sistemática exploratoria (scoping review) para examinar y mapear las consecuencias del dolor crónico en la infancia y la adolescencia bajo esa mirada integradora y que responda a las siguientes preguntas de investigación: ¿cómo influye el dolor crónico en la capacidad funcional y el sueño en la infancia y la adolescencia?, ¿cuáles son sus consecuencias sobre el temperamento y la salud mental?, ¿cómo influye sobre el apoyo de los/las pares? y ¿cómo afecta al funcionamiento familiar?

Consecuencias del dolor crónico sobre la capacidad funcional y el sueño

El dolor crónico se ha relacionado con tasas elevadas de discapacidad funcional. Palermo et al publicaron sobre las experiencias de dolor en la infancia y la adolescencia en las tres etapas del desarrollo: etapa infantil, preescolar y edad escolar-adolescencia. En la infancia y la edad escolar indicaron que el dolor está mal caracterizado, especialmente en los/las más pequeños/as, debido a que las personas cuidadoras son quienes sirven de intérpretes principales y comunican sus experiencias dolorosas. Los procesos dolorosos repetidos en esta etapa se relacionan con una menor actividad física de la población. En la edad escolar, encontraron altos niveles de discapacidad, aunque en este periodo son capaces de proporcionar informaciones más precisas sobre su dolor a los cuidadores y el personal sanitario. En la adolescencia se presenta un pico de discapacidad relacionada con el dolor, que puede estar asociado con el desarrollo puberal. Holm et al afirmaron que algunos/as adolescentes no experimentaron limitaciones en sus actividades diarias, pero la gran mayoría sufrían limitación en la actividad diaria que se agravaba con el dolor. Según Rabbits et al., la existencia de dolor durante el día se relacionaba con una reducción de los niveles de actividad física. Sinclair et al. añadieron además que unos bajos ingresos económicos de los progenitores se asociaban con tasas más altas de discapacidad funcional.

Por otro lado, los trastornos del sueño están presentes aproximadamente en un 50% de los casos de dolor crónico en la población infanto-juvenil Palermo et al. establecieron tres factores de riesgo de insomnio: el dolor crónico, la higiene pobre del sueño y los síntomas depresivos mayores. Los problemas del sueño se caracterizaban por la dificultad para su conciliación, despertares nocturnos frecuentes, fragmentación del sueño y mala calidad percibida. Todo ello se traducía en un aumento de las limitaciones funcionales, tales como fatiga durante el día, siestas frecuentes y menor calidad de vida percibida.

 
 
 

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